En la playa…

En la playa…

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El día amanece nublado, pero estoy cansada de estar observando pasar la vida a través de mi ventana. Cojo lo justo, libro, toalla, teléfono con mi música favorita y me dirijo a la playa.  

Son de esos días que estar con una misma te apetecen, sonrío nada más llegar a la cala, el sonido del mar, la arena, el sol que empieza abrirse paso a través de las nubes, los cuerpos desnudos que van de un lado a otro disfrutando del día. La playa es nudista, no estoy para perder el tiempo con un trozo de tela que cubra mi cuerpo, quiero sentir el sol amando mi piel de manera completa, abrazando mi epidermis y dándome calor.  

Busco un sitio tranquilo, nada de estar cerca del barullo de la gente. Me gusta observar desde lejos, además es un día para estar conmigo misma. Y esos días me los dedico al cien por cien. 

Pongo mi toalla en la arena, y dejo mis cosas al lado. Mientras escucho el leve sonido de las olas, el sonido de la brisa y voy dejando caer mi pequeño vestido, no llevo nada debajo no es necesario.  

Me siento en la toalla y me extiendo la crema por la piel, el calor empieza a mezclarse con mi cuerpo es una sensación agradable. Estar viva lo es.  

Dejo mi cuerpo desnudo reposar y me aíslo del exterior con la música. De vez en cuando levanto la vista para observar a la gente, como parejas pasean juntas cogidas de la mano o como el grupo de amigos están jugando con la típica pelota hinchable.  Veo sus cuerpos desnudos sin pudor darse de nuevo a la naturaleza, el entorno es idílico y la desnudez nos une a unos y otros siendo indiferente como sean nuestros cuerpos.  

En una de esas veces que me dirijo a observar la orilla, le veo, acaba de salir del agua y por su torso resbalan las gotas mezcladas con el aceite corporal que se ha extendido, es moreno, su tez dorada resplandece bajo los rayos del sol, tiene un cuerpo normal, pero me llama la atención su sonrisa y lógicamente su cuerpo tatuado. Está observando el horizonte y yo no puedo apartar la vista de su media melena enredándose con la brisa.  

No suelo ser tan descarada, o sí, no lo recuerdo. Pero no puedo dejar de observar sus movimientos pausados por la orilla, como sus pies se hunden en la arena dejando la huella de sus pisadas y como su cuerpo se seca al sol mientras realiza ese ritual que me parece fascinante.  

Cuando se dirige hacía mi dirección quiero apartar la vista, no quiero que me vea observando sin decoro su cuerpo y menos aún desnudo. Pero algo me lo impide, es como si quisiera que me descubriese entre tanta gente, como si verme a través de su mirada me hiciera renacer de nuevo. Lógicamente mi descaro no pasa desapercibido y al pasar cerca de mí nuestras miradas se cruzan sin más, mi cabeza me dice: ¡Nena no le mires fijamente! Pero no le hago ni caso. Como siempre. No sé decirte cuantos segundos nuestros ojos se encuentran, pero me pierdo en el verde de su mirada hasta que me sonríe y me guiña el ojo. En ese momento vuelvo a la realidad y me sonrojo, bajando la mirada y dándome la vuelta para volver a mi lectura mientras él pasa muy cerca de mí y las gotas de agua que aún quedan sobre sus cabellos caen sobre mi espalda. ¿Lo ha hecho adrede? 

No sé cuánto rato paso enfrascada en mi lectura, la espalda me arde, pero no quiero levantar la cabeza de entre las páginas de mi libro cuando una sombra cubre mi cuerpo. Levanto la vista y lo veo quieto a mi lado, se ha puesto las gafas de sol y me observa en silencio. Por primera vez en toda la mañana preferiría estar en una playa normal, la desnudez de su cuerpo y del mío me pone nerviosa.  Se agacha a mi lado y creo que acabo de dejar de respirar.  

— Creo que deberías de ponerte crema en la espalda— Tiene más razón que un santo, soy de piel muy blanca y seguramente acabaré como una gamba.  

No sé qué narices me pasa por la cabeza cuando agarro el bote de la crema y ni corta ni perezosa le suelto:  

—Hazlo— Con una sonrisa pícara y provocadora.  

No dice nada, lo agarra y lo abre. Yo meto mi cabeza entre mis brazos y oculto de nuevo mi sonrosado rostro del extraño. Puedo sentir su aliento sobre mi nuca, la cercanía se empieza hacer evidente. Cuando noto su miembro caer sobre mi baja espalda tengo que contener un grito de la impresión, ha dejado mi cuerpo atrapado entre sus piernas y aunque no descansa del todo sobre mí, puedo notar su piel ardiente rozando la mía. Sus manos empiezan sobre mis hombros, masajeando, extendiendo la crema sobre mi piel que al principio se refresca y empieza a sentir alivio. Pero no me dura mucho, el masaje que me está dando provoca que arda, que mi sexo se humedezca. Me dejo ir cierro los ojos mientras sus manos van haciendo sobre mí. Puedo sentir como su miembro palpita, creo que el deseo nos está jugando una mala pasada, o tal vez he provocado que así sea. No decimos nada, simplemente nuestro cuerpo empieza actuar, a coger las riendas de esa llamada. Se acerca a mi cuello y sus labios de manera suave y pausada me besan, su respiración acelerada y la situación provoca que de mi garganta escape un gemido que no consigo callar ¡Qué vergüenza por dios! Ni tan siquiera sabemos nuestros nombres y eso creo que es lo que más me excita. Me dejo llevar por sus manos que se esconden entre mi entrepierna, sigo sin moverme mientras se adentra en mi sexo húmedo. Cierro los ojos, siento, te noto, me entrego a esa dulce tortura de sus manos, placer que sacia la necesidad de dejarme llevar, no te conozco y ni tan siquiera tengo porqué.  Mi cuerpo reacciona a esas placenteras caricias de las cuales te llevas parte de mí. Es innecesario entender porque nos dejamos arrastrar por la marea del morbo, por el juego, simplemente siento…  

Mi cuerpo convulsiona, se estremece, se moja y la carne ha reaccionario al instinto primario del sexo… 

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Llego a casa, tengo la piel enrojecida por el sol. Me ducho y sonrío. Me extiendo crema sobre mi piel, casi me he quemado pero la mañana ha sido productiva … ¿No crees? 

Por lo menos tú has leído el relato que he escrito tumbada en la arena…  

No todo es lo que parece.  Deja volar siempre tu imaginación, en la mente está el secreto de la excitación… 

 

Vuestra bernice 

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