BRISA

BRISA

 

 

La brisa acariciaba  mi piel, erizando mi epidermis. Mi cabello se arremolinaba mecido por el viento mientras mis pasos se marcaban en la fina arena de la playa. De vez en cuando me paraba y dejaba que la espuma blanca cubriera mis pies hasta los tobillos, mientras observaba el horizonte, esperando. Hacía dos meses que se había marchado y aunque nuestras conversaciones eran diarias, no podía evitar sentir la añoranza de sus manos recorriendo mi cuerpo. Así como sentir su voz meciéndome en la noche, o sus brazos envolviendo mi cuerpo con seguridad y cariño.

Esa mañana estaba excesivamente triste, mi cuerpo, mi mente, necesitaban liberar la necesidad que sentía por él. Ya no me servían mis paseos matutinos para superar la tensión que sentía. Ni podía soportar en ansia que me devoraba por dentro.

Me senté en la arena. No solía pasar mucha gente a esa hora y mientras admiraba el reflejo de la luna sobre el mar, mi mente volaba a su lado provocando la excitación de mi cuerpo. Seguía el contorno de los muslos con mis manos como si fueran las suyas, recordando cada roce que tenía tatuado en  mi piel. Mi memoria podía reconocer su tacto sobre mi epidermis, solo tenía que cerrar los ojos y seguir el sendero que dibujaron la última vez que estuvimos juntos.

Calor, mucha calor. Mi piel ardía, quemaba, mis dedos se perdían dentro de mi sexo húmedo. Arqueaba la espalda guiada por el deseo que me consumía. El contraste  del agua fría salpicando en mi piel hacía que mis pezones se endurecieran debajo de la fina tela del vestido.

La noche era cómplice de mi pasión, ahondé dentro de mi oquedad húmeda, lentamente, rozando las paredes, dentro muy dentro. Mientras dejaba yacer mi cuerpo sobre la arena, revolviéndome como una gata en celo en busca de la fricción necesaria para calmar el hambre que sentía.

Mis gemidos se confundían con el oleaje del mar, enredándose, fluctuando en el aire. Cerré los ojos, dejándome llevar por la necesidad de sentir mi cuerpo colmado, cubierto del recuerdo de su presencia. Seguía provocando escalofríos en mi piel, exudando placer por cada poro. Reconfortando la creciente necesidad que me subyugaba al soñar con él.  

Noté el leve roce de una mano sobre mi pecho, acariciando sobre el tejido. El olor característico de su piel y el tacto conocido. No abrí los ojos, no era necesario.

Dejé que su aliento en mi nuca provocara que mi sexo se humedeciera de golpe y el calor aumento. Retiró mi mano mientras con la otra estiraba mi pezón y su lengua recorría mi cuello, metió sus dedos dentro, de una sola vez. Su mano salió de mi sexo, recorriendo mis muslos empapados, acariciando la humedad que me despertaba. Abrí los ojos, enfrentándome a los suyos que me miraban con lascivia, una sonrisa socarrona se le dibujo. Me giró de golpe, diciéndome al oído;

  • ¡A cuatro patas, amor…!

Me apoye en la arena en la orilla, el mar hacía que mis rodillas y manos se hundieran.  El agua salpicaba mi piel, le sentí detrás de mí, su mano agarró mi hombro mientras notaba su verga paseando por mi humedad, mojándose de mi esencia. Apretó su mano en cuanto me embistió, con fuerza, desestabilizándome, haciendo que clavará mis manos más en la arena. Entró y salió varias veces en estocadas certeras y exigentes, provocando mis gemidos. Mi respiración entrecortada se mezclaba con la suya. Salió de mi sexo, dejando la sensación de vacío en mí. Su mano acarició mi nalga y su dedo penetró mi ano, lubricando, mojando esa zona cerrada.

Cuando notó  que estaba preparada y por mis jadeos sintió mi disposición, me ahondo lentamente, su pene enterneció mi redondez, entrando despacio hasta llegar a ser uno. Se quedó quieto un momento con toda su longitud dentro de mí, apretando fuerte mi hombro con su mano, noté su aliento en mi espalda y su boca besando mi columna, provocando un escalofrío que erizo de nuevo mi piel. Empezó a embestir, despacio, entrando y saliendo, su otra mano acariciaba mi clítoris henchido y húmedo, la fricción me estaba volviendo loca. No sabía cuánto más iba a contener el estallido de placer que mi cuerpo reclamaba. Las embestidas se tornaron más salvajes, con brío iba subiendo el ritmo, marcando en mi cadera con sus golpes, entrando muy dentro, me sujeto más fuerte, su respiración se aceleraba junto la mía, mi cuerpo se contraía. No podía sostener más la explosión que buscaba salir de mí. Notaba sus excitación en sus jadeos, en sus movimientos en como sus uñas se clavaban en mi piel y como friccionaba con más fuerza mi coño. Noté su miembro palpitar más fuerte, acompañando a mis sacudidas, la exaltación nos invadió.  Me corrí en su mano mientras él me llenaba alcanzando los dos el clímax…

Yací junto a su cuerpo, abrazada, serena, tranquila. Apoyando mi cabeza en su hombro sin mediar palabra alguna, simplemente recuperando la respiración ahogada que nos faltaba. Entrelazando las manos, sonriendo porque estaba de nuevo a mi lado…

 

 

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Vuestra Bernice

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