La secretaría

La secretaría

 

Mi jefe
Era el primer café del día y como siempre tomaba el desayuno en el mismo lugar, cerca de mi trabajo. Estaba centrada en mis cosas cuando a lo lejos le vi. Como siempre iba con su cabeza altiva dejando claro quién era para los demás. Para mí era mi Señor. Con su mirada me atravesó y con su sonrisa maliciosa me derritió. Nadie en el trabajo sabía que mi jefe y yo teníamos ese tipo de relación. Ningún tipo de relación más bien. Yo le sonreí, iba acompañado de un hombre con el que se tenía que reunir. Paso a mi lado y su inconfundible colonia amanerada me evoco recuerdos de la noche pasada. Él lo sabía, tenía claro lo que provocaba en mí con tan solo una mirada, sinceramente mojaba las bragas. Y eso si las llevaba, pues le encantaba hacer que fuera al trabajo sin ellas. Era insaciable y tenía muchas veces la necesidad de usarme allí mismo. Sin más era suya, siempre.
Pague al camarero con las monedas sueltas que había cogido del monedero y me marché  a mi puesto de trabajo. La mañana sería larga, él estaría todo el día reunido y yo solo pensaba en lo que necesitaba que me tocara. Ver su sonrisa de buena mañana provocaba la necesidad de sus manos grandes y fuertes violando mi intimidad.
Estaba completamente centrada en el puñetero papeleo y de vez en cuando miraba en dirección a su puerta.
A las dos horas me sonó la línea interna de dentro de su despacho, di un respingo en mi silla. Por fin, por lo menos escucharía ese torrente de voz que me deshacía las entrañas con sus órdenes.
—Cinco minutos, ni uno más, sin bragas. En la sala de cámaras.
Simple, llano y claro. Allí mismo me baje el tanga, y lo metí en un cajón. Fui hacia la sala de cámaras con mis llaves y abrí, estaba oscuro. Espere en un rincón cara la pared, manos atrás.
Oí como sus llaves entraban en la cerradura y mi anhelo por él hizo que sintiera estremecer mi entre pierna que ya estaba húmeda. Espere, sin mover un solo musculo a que se acercará. Puede sentir su aliento en mi nuca y mi piel se erizo.
— ¿Cómo está mi gatita? Voy a comprobar lo que es mío. —Noté como sus dedos ahondaban en mi coño. Provocando que mi cuerpo reaccionara a la fuerte intrusión, elevando mis pies del suelo poniéndome de puntillas y apoyando las manos en la pared para no perder el equilibrio.
—No te muevas. — Volví a mi posición e intenté mantener la calma mientras mi respiración se aceleraba por momentos.
Él seguía moviendo sus dedos dentro de mí sin consideración alguna, tal como le gustaba. Rasgaba mi interior, podía sentir el dolor y el placer que eso me provocaba e iba abriéndome cada vez más.
Pude notar como cuatro de sus dedos se movían dentro de mí, la humedad crecía y entre mis muslos se deslizaba la decadencia que provocaba su mano.
—Aguanta, pequeña. Quiero entrar todo.
Tome aire y deje que mi cuerpo se relajará cuanto más esfuerzo hiciera peor iba a ser para mí, me abrió con su pie más las piernas mientras me daba un beso en el cuello para provocar en mí esa tranquilidad que era estar en sus manos.
Cuando consiguió entrar del todo, yo me quede sin respiración. No podía mover un musculo y el me susurraba al oído…
—Así. Así. Shhh. Todo es mío. Hasta tu interior es mío.
—Sí, mi Señor— Contesté con el poco aliento que aún me quedaba debido a su invasión.
Retiro su puño de mí dejando un vacío abrumador en mis entrañas, mis muslos mojados y la necesidad de ser suya acrecentada. Pude sentir la palma de su mano caliente mientras se limpiaba mis propios fluidos en mis nalgas. Dejando así mi esencia en mi piel.
Note unas leves cachetadas enrojeciendo mi culo, constantes como solo él sabía darlas, me encantaba que provocara mis ganas de gemir, de gritar, de jadear de esa manera.
—Necesito ver ese color en ti, gata y después te quiero follar ese culo.
—Sí mi señor— solté entre jadeo y jadeo, mientras el sudor caía por mi frente.
—Apóyate en la mesa, puta. Te voy a follar.
Deje caer mi cuerpo sobre la madera de la mesa ofreciéndole mis nalgas a su disposición. Cogiendo mi humedad que aún era reticente empezó a jugar con mi entrada, metiendo primero un dedo, luego dos, luego tres. Provocando mis espasmos. Sus manos sabían tocarme, se alimentaban de mí, de la necesidad que tenía siempre de él.
Apoyo su palma sobre mi espalda haciendo peso sobre mi cuerpo para que no me moviera, oí el sonido de su cremallera bajándose. Cogió mi melena levantándome un poco haciendo que me girase a mirarle.
—Preparada, pequeña.
—Sí, Señor, por favor.
—Así me gusta preciosa.
Me comió la boca, propinándome un mordisco que hizo que mi labio sangrara. Saboree el sabor metálico de la sangre y de su saliva mezclados y volvió apoyarme con su fuerza en la mesa, sujetando mi espalda.
Se adentró en mí con fiereza, dejándome sin aire, exhale en la segunda embestida mientras me llenaba. Su otra mano acariciaba mi clítoris, estaba al límite igual que él. Los jadeos se dejaban oír por la sala, mientras sus caderas se clavaban en mí y el sonido de mi humedad provocaba más deseo, más pasión. Quería irme con él, acabar juntos devastándonos por dentro. Él acelero y yo me centré en sus espasmos, evadiéndome en lo que me hacía sentir su polla, su mano en mi cuerpo.
Nos corrimos, juntos, con esa conexión que solo podía existir entre Amo y sumisa. Entre él y yo. Nos vestimos sonrientes. Y complacidos.
—Hasta la noche mi putita— Me dijo con un suave beso en mis labios.
—Hasta la noche, Mi Señor.

 

Vuestra Bernice 

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