Juegos perversos del coleccionista

Juegos perversos del coleccionista

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Sentada esperaba su turno. Iban entrando una detrás de la otra. Su paciencia estaba casi al límite, cinco delante de ella. Con su tiempo. Su desnudez y el estar de rodillas no hacían que fuera más fácil. Casi había pensado en levantarse e irse de allí dejando a su Señor con su harén de perversión. Para ser la favorita esa tarde le estaban pasando todas las hermanas por delante. Seguramente sería por haber utilizado la semana pasada la palabra de seguridad, pero tenía claro hasta dónde iba a permitir ser usada. Su carácter en el fondo era lo que más le gustaba, las otras perritas son domables ella era una gata en celo, cariñosa y consentida pero arisca e irascible otras veces.

Quedaban tres delante de ella, el frío suelo se clavaba en sus rodillas y casi se podía oír el ronroneo constante de la gata frente a las lamidas de las perritas, que con su cabeza agachada no se movían ni un ápice de su posición perfecta. Ella sin embargo altanera mantenía la vista enfrente, su espalda recta y sus ojos se clavaban en los de su Amo cada vez que esté abría la puerta y le lanzaba una mirada de advertencia junto una sonrisa lasciva. Se la estaba jugando y lo sabía, tanta altanería y falta de respeto le iba a pasar tarde o temprano factura.

Él la observaba cada vez que abría la puerta  impasible, no era fácil poner a prueba su tenacidad, era una gata, consentida, feroz casi indomable. Pero eso le gustaba de ella, esa especie de entrega no del  todo consentida con la que él tenía que lidiar y luchar. Se había vuelto una quimera conseguir domar a la bestia. Un sueño que le arrebataba noches en vela cuando la observaba mientras dormía. Él coleccionaba mujeres, sí. Pero eso lo hacía desde que su corazón se rompió. En sí la soledad era parte de su día a día, por mucho que sometía no se acababa de sentir pleno e igualmente se encontraba agotado mental y físicamente. Lo que ella no sabía es que el tiempo que pasaba con las otras sumisas la mayoría de veces no eran de índole sexual, simplemente las tenía allí, observándolas, buscando en ellas eso que a él le faltaba.  Solo en esa mujer podía percibir un halo de satisfacción y un deseo apremiante de poseerla.

Por fin se abrió la puerta y llegó su turno, Él la miró. Ella agacho la cabeza ante esa mirada que no acabó de entender, entre tristeza y deseo. Pasó en cuanto le dio permiso para ello. Nada más entrar se arrodillo, sus rodillas en el frío suelo, sus talones tocando sus nalgas sus manos hacia delante, palmas cerradas en el suelo y su cabeza escondida entre sus brazos.

La dejo así un buen rato, mientras sentía como su deseo crecía mientras la observaba tan callada, tan entregada. Sabía que eso podía cambiar en cualquier momento. Se levantó y caminó hacia ella.

Paseo alrededor de ella, imponiendo su presencia, suscitando su deseo.

Su piel brillaba bajo la escasa luz que en ella se reflejaba, mientras su cabello caía cubriendo su bello rostro y sus ojos de gata.

Sintió como las manos de él se posaban en sus nalgas desnudas, no pensaba moverse. Había decidido que hoy sería esa sumisa callada que él reclamaba. Se mordía el labio mientras él acariciaba su piel, mientras su palma calentaba su nalga, sabía lo que estaba por venir. Y lo deseaba.

Llegó como una exhalación, lo sintió en su piel, dolor, calor, picor. Y el silencio de nuevo. Otra vez, dolor, calor, picor en su otra nalga y el roce de su palma acariciando después, su cuerpo se descompensaba levemente, pero mantenía la postura mientras la humedad de su entrepierna crecía y la debilitaba pues su deseo era ser poseída por Él ser la única que suscita esa lujuria que desprendía a su entrega.

—Levanta gatita—levantó su cuerpo del suelo entre sus muslos los fluidos se dejaban entrever. Ella miró a su Amo, como siempre directamente a sus ojos, buscando la aprobación. Sonrío, pues su mayor deseo era ver en sus ojos su entrega, su fuerza como sumisa era para Él ese regalo que había buscado en otras sin poder encontrar.

—Túmbate en la cama y espera.

Se dirigió a la cama ese lugar donde tantas veces había añorado estar. Normalmente la follaba en cualquier lugar, tenía predilección por las mesas.

Tardó en llegar y su deseo era cada vez mayor por la espera. Cuando le vio entrar en la habitación ya no llevaba la camiseta, solo sus pantalones caían desabrochados sujetados por la inminente erección que había despertado en Él, eso le gusto. Se sintió fuerte y apreciada.

—Hoy serás mía—Ella pensó, siempre lo he sido. Ahora me ves…

Cogió sus muñecas y las anudo con una tela de seda roja atándola a la cabecera de la cama. Hizo la misma acción con sus piernas, se sentía expuesta. Pero eso le producía la sensación de un poder que solo Él le podía conceder.  Se acercó a su rostro y vendo sus ojos, esa sensación era para ella sublime, expuesta, negada de movimientos y solo Él y la confianza que deposita, era un todo. Algo que pocos entendían y muchos cuestionaban.

Noto como su boca acariciaba sus tobillos, poco a poco iba subiendo por dentro de sus piernas siguiendo un camino que acabaría en su sexo húmedo y expuesto. Su piel se erizaba mientras lamía la parte interna de sus muslos. Su lengua se paseó de manera suave por sus labios y ella se contrajo, su cuerpo le pedía más cercanía, pero jugaba con ella y sus ataduras limitaban sus movimientos dejándola en el espacio de querer más y no poder tenerlo. Siguió castigando su piel sensible, sus gemidos inconscientes se escapaban seguidos de  por favor y más.

—Necesito más, más…

—Shhh, lo sé…

Su lengua se paseaba de manera lasciva entre su entrepierna otorgándole solo una leve caricia, un sutil roce que la hacía volar levemente para recibir de nuevo una bofetada de realidad y frialdad. Hasta que noto sus dedos entrar en ella, húmedos, muy húmedos. Pues  así estaba mojada, conteniendo cada suspiro, centrándose en cada sensación.

Su lengua, sus dedos, su movimientos…

—Ufff, no pares por favor.

—Aguanta.

¿Que aguante? Pensó

—No podré, así no…

—Aguanta

Y de mientras seguía torturando su interior con sus dedos, desgarrando por dentro ahondando en ella de manera fuerte, muy fuerte… y su lengua absorbía todo de ella, todo lo que le entregaba.

Dolor, placer, dolor…

Iba a explotar de un momento a otro, no podía contener más el placer que le estaba dando con sus dedos y su lengua.

—Aguanta, gatita—Dijo separándose de ella.

—Diosss…—Placer, dolor, placer, uffff, sus dedos me destrozan, su lengua me posee, no puedo más—Pensó sin ser capaz de decir nada más en alto, que gemir, jadear y gritar.

Siguió esa dulce tortura en su sexo, que ya chorreaba de placer. Más y más profundo, más y más fuerte, llegando hasta sus entrañas, absorbiendo de ella su esencia.

—Ahora…

Gritó mientras sus dedos marcaban un ritmo frenético. Sus gemidos se perdieron entre contracción y contracción. Dejándose ir, perdiéndose en el regalo que le había otorgado su Amo.

La soltó observando su cara de ángel sonrosado. Ella lo miró embelesada, su Señor, estaba enfrente de ella. Pudo observar como el contorno de su boca aún estaba lleno de los fluidos que ella le había dejado, una vez suelta del todo se arrodilló frente a Él y empezó a lamer sus comisuras saladas por sus flujos, dejando así a su Señor limpio de su esencia. Él sonrió cuando ella acabó y la abrazo…

 

 

Vuestra Bernice 

 

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