Aprendiz de Geisha

Ayame es una niña occidental que perdió de bebé a sus padres en Japón, su vida no ha sido nada fácil en un mundo que no es el suyo, de belleza nívea, ojos verdes esmeralda y pelo rojo como el fuego, intenta sobrevivir en oriente, y para ello decidió usar lo que más veneran los hombres, su cuerpo. En la escuela de Geishas ella ahora mismo es una maiko (aprendiz).

Aunque las geishas en este siglo habían disminuido aún existían y eran muy valoradas. A ella le estaba costando bastante ser aceptada, era causa de burlas entre las otras maikos y de artimañas desagradables, pero ella tenía claro que quería volver a occidente y esa era su única posibilidad, así que aguantaba estoicamente una tras otra las represalias y burlas de sus compañeras.

Ya estaba acabando sus días de trabajo en tareas hogareñas y  sus habilidades en distintas artes japonesas, música, baile, y narración. Era el momento de pasar a la siguiente fase, ya no sería más sirvienta.

Durante su primer mes de entrenamiento solo se dedicaría a observar y adaptarse; ello tras una ceremonia en la cual se emparejaba con una onee-san que se convertiría en su mentora y guía durante su aprendizaje en el karyukai, haciendo todo lo posible para que fuera famosa, talentosa y respetada.

Su onee-san era una mujer muy respetada en la comunidad, el primer día que la vio aparecer ya supo que en ella tenía un filón, esa belleza etérea le iba a traer mucha clientela. Así que decidió hacer de ella una de las mejores Geishas de Japón.

Dos años después…

Ayame realizó el mismo ritual y empezó a vestirse y maquillarse como mandaba la tradición. Esa noche Kioto era un hervidero de gente. Andaba por la calle en dirección al distrito de Gion donde se suponía que necesitan sus servicios, la ciudad estaba llena de occidentales que habían ido allí por una gran convección y se la miraban incrédulos. Una geisha como ella no pasaba desapercibida.

Preparo la habitación donde atendería a los caballeros que habían contratado sus servicios, empezaría primero con el Té en toda su ceremonia, denominada Sado. Para después deleitar con unos versos. Quizá contratasen sus servicios sexuales, pero por ahora solo quieren deslumbrar a un rico de occidente. Eso le habían dicho y por eso la eligieron a ella.

Su duro entrenamiento había dado sus frutos, hermosa, de grácil cuerpo, exquisitos modales y movimientos tan sutiles que parecían más propios de un ángel que de una mujer.

Los caballeros fueron llegando, ella como experimentada afrintiona fue atendiendo cada una de las necesidades de los hombres, que no podían quitar los ojos de encima de ella. Los embelesaba con su manera de moverse, de servir el té, de mirar, pero sobretodo por su rostro, tan dulce, pálido y a la vez salvaje y fogoso.

Los últimos en llegar fueron los occidentales, estaba clara la diferencia entre el comportamiento perfecto de la cultura japonesa a lo que era la locura occidental.

Ayame estaba de espaldas preparando el té para los recién llegados, cuando al girar, sus ojos verdes se encontraron con el azul profundo del caballero occidental, su corazón no pudo evitar dar un vuelco, sus manos temblorosas casi dejan caer las tazas de té, pero no se dejó amilanar por esa mirada penetrante que la devoraba. Mantuvo la compostura y avanzó hacia ellos, se arrodillo a su izquierda y empezó con la ceremonia del sado. Sus movimientos eran suaves, acompasados, él observaba sus manos, maravillado ante un acto tan sencillo como servir el té, fuera algo tan exquisito, tan maravilloso.

Admiraba, sus movimientos cada vez que se arrodillaba, para servir a uno u otro, siempre por la izquierda. Pero era la manera que su cuerpo se postraba en el suelo lo que le atraía, perfecto. Su postura era sin duda una de las mejores que había visto, sabía de las geishas y siempre le había atraído. Pero esa mujer, aparte de ser occidental con una educación oriental era algo más, su intuición no le solía engañar, y sus demonios, tampoco.

Nunca le había pasado, sentirse intimidada ante la mirada de un hombre, ella, como geisha, dominaba el arte de la seduccion, el arte de amar y otorgar placer y siempre se sentía muy segura de sí misma ante cualquier hombre. Pero él era distinto, no sabía bien porqué, pues no era tampoco el primer occidental que atendía.

Intentó centrarse en lo que tenía que hacer, estaba allí para servir, esa era su misión, y era muy buena deleitando a caballeros con su sola compañía.

Cuando acabo de servir, mientras los caballeros se dedicaban hablar de sus negocios, ella cogió su instrumento preferido, el shamisen, se arrodillo con ese especial y peculiar instrumento en el suelo. Empezó amenizar la conversación con su melodia y sonido caracteristico, él occidental no le quitaba ojo de encima. Así entre melodía y melodía pasó la velada, atendiendo y estando pendiente de que todo fuera lo más agradable posible para esos estresados hombres de negocios. Al final recito un bello poema japonés. Y su dulce voz, acabo de hechizar al hombre. Parecía que no iban a precisar sus servicios más allá de la servidumbre. O eso creía.

Estaba a punto de irse, cuando uno de los caballeros japoneses que la habían contratado se acercó a ella. Y le hizo entrega de una llave del hotel central. Eso significaba que alguien, quien fuera, esperaba pasar la noche con ella.

Se dirigió al hotel, subió a la habitación y abrió la puerta. Todo estaba oscuro, solo al final de la misma pudo ver la sombra de alguien sentado, en un sillón, fumando un cigarro. Se acercó hacia él con pasos, cortos, pausados, casi sin levantar los pies del suelo, con la elegancia característica de una seductora. Él la observaba, su respiración controlada, al igual que su impulso de saltar sobre ella, todavía no, se repetía en su cabeza.

-Alto- le dijo, cuando la tuvo casi a un metro.

Ella paro. No sabía quién era, pero tenía claro que era uno de los occidentales. Su corazón se aceleró. Quizá fuera el demonio de ojos azules, y sí era así, tendría que controlar lo que él le provocaba.

El silencio invadía la habitación, por primera vez no sabía que hacer, solo esperar, en sí su sino era obedecer, aunque a los hombres que atendía normalmente se dejaban llevar por ella y su arte de complacer, pero ese hombre era distinto y a la vez igual.

-Desnudate y arrodíllate- claro y conciso. Eso le excito.

Se retiró sus sandalias de madera, primero el pie izquierdo, después el derecho, dejándolas a un lado. Se empezó a desanudar la lazada de su kimono, grácilmente con sus manos pequeñas, él observaba cada movimiento como si quisiera hacer un recuerdo eterno de el. Ella siguió, dejando caer el gran trozo de tela que había servido para atar su cintura, una vez estuvo en el suelo lo apartó, con su pie derecho haciendo que se abriera el kimono y su larga pierna tatuada por unas flores, dejó al hombre sin aliento, el tatuaje ascendía desde el tobillo hasta el muslo y seguramente más arriba. Volvió a posar su ojos en el rostro níveo de la mujer, ella hizo el gesto con su mano derecha hacia su hombro, bajando lentamente la tela de seda que lo cubría, hizo el mismo gesto con la mano izquierda con el otro hombro, sujetando la tela sobre sus pechos y sus manos cruzadas. Le miró, no podía ver bien su rostro, pero si percibió su aliento entrecortado, soltó la tela que cayó a sus pies, dejando por fin a sus ojos el cuerpo más perfecto que había visto jamás.

Bernice

3 comentarios en “Aprendiz de Geisha

  1. querida Bernice,
    Escribes muy bonito. Esta historia aunque es ficción ,realmente enseña al que no sabe de esta cultura. Que mundo asombroso. La vida de estas mujeres , aunque sean prostitutas, es apasionante. Su preparación intelectual y espiritual las convierte en verdaderas “universitarias” en el arte de dar placer y fina compañia. Yo recomendaría escuchar “Madame Butterfly” mientras se disfruta de tu blog.

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